
La cebolla es deliciosa pero qué molesta resulta cuando la estamos picando o rebanando y los ojos se nos llenan de lágrimas. Yo soy una verdadera chillona de la cebolla. Afotunadamente, seguí los consejos de dos mujeres expertas en cocina y sabiduría popular, las dos encargadas del servicio doméstico.
El primer consejo me lo dio Ángela, empleada de mi mamá. Nos recomendó que, al pelar o picar cebolla, pusiéramos frente a nosotras un plato o un vaso lleno de agua. No creí que la medida funcionara, pero me sorprendí al descubrir su efectividad.
Pero, antes de que Ángela nos revelara el secreto, Mary, quien sigue trabajando en mi casa y me enseñó a hacer arroz hace casi diez años, cuando yo estaba recién casada.
–Yo seré su pinche, Mary –le dije aquella vez, y ella me puso a picar cebolla. A la primera muestra de llanto ella casi me regañó.
–Uy señora, ¡no aguanta nada!
–Pero si no se trata de sufrir, Mary.
–Bueno, pues si no quiere llorar meta la cebolla al congelador antes de pelarla, así el olor se le va tantito.
Oh, sabio consejo, mismo que ella nunca necesitó seguir, porque su habilidad para aguantarse las lágrimas era directamente proporcional a su destreza con el cuchillo en la cocina.
Así que ya saben: una hora en el congelador y un recipiente con agua a la mano y el llanto habrá de ceder.